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Producido en Japón

Primer tratamiento masivo contra la elefantiasis

Por Emilio de Benito | Especiales

La Organización Mundial de la Salud, OMS, ha estrenado su sistema rápido de aprobación de medicaciones con un nuevo tratamiento para la filariasis. La enfermedad la causa un gusano -la filaria- y afecta a unos 120 millones de personas en el mundo.


En verdad, podría decirse que son tres enfermedades en una. Si el gusano se instala en el sistema linfático aparece la filariasis linfática. Esta enfermedad muchas veces se llama elefantiasis, porque al bloquear el drenaje de los vasos, el gusano, sobre todo en sus fases juveniles, produce hinchazones de los miembros por acumulación de los líquidos. Estas son muy dolorosas, incapacitantes y estigmatizantes. Se calcula que hay unos 40 millones de personas que presentan malformaciones por esta causa.


Otra variante sucede con otro tipo de gusano, que se asienta en la piel y los ojos. Entonces aparece la oncocercosis, ceguera de río, que es la primera causa de pérdida de visión en los países pobres. Afecta a 17.7 millones de personas, de las que unas 270,000 están completamente ciegas, según la Organización Mundial de la Salud. Por último, hay otra variedad, la loaiasis o enfermedad de Loa loa, que se manifiesta sobre todo en la piel.


Las tres formas son endémicas del África ecuatorial, aunque también se dan casos en Centroamérica y Asia. Además, pueden convivir varias de ellas, por lo que la OMS calcula que hay unos 1,400 millones de personas en zonas de peligro.


La filariasis, en cualquiera de sus formas, entra dentro de la categoría de las enfermedades olvidadas, porque pese a su impacto (el triple que casos de personas infectadas por el VIH, por ejemplo), como no se da en países ricos no recibe atención por las empresas farmacéuticas.


Producido en Japón



En concreto, la OMS ha utilizado en este caso el proceso que denomina precalificación de tratamientos. Se trata de una especie de permiso acelerado que obedece a la gravedad y a la falta de investigación en la enfermedad. Y, además, la OMS actúa para garantizar que se trata de productos de una calidad probada. Con ello se intenta compensar el abandono que sufren los afectados.


En este caso el nuevo fármaco, la dietilcarbamiacina, será producida por un laboratorio japonés, Eisai Co. Pero la OMS, en este caso, no se limita a dar el visto bueno de una manera acelerada al producto. A la OMS le han bastado 10 meses de revisión de la documentación presentada por el fabricante, cuando los plazos de aprobación de fármacos por las agencias estatales suelen ser mucho más largos, incluso de años, ya que, aparte de verificar los resultados científicos, las negociaciones suelen llevar aparejadas también conversaciones para fijar el precio, sobre todo en países donde el medicamento va a ser financiado por la sanidad pública.


Además, el otro requisito que ha impuesto el organismo mundial para la salud es que se den garantías de accesibilidad al fármaco. El fabricante debe asegurar que suministrará el producto a quienes lo necesitan. En este caso, según informa la organización, Esai se ha comprometido a donar 2.200 millones de dosis en seis años.


Con esta aportación se espera consolidar la lucha contra las distintas formas de filariasis, una enfermedad que se transmite cuando los mosquitos que portan los huevos del gusano pican al ser humano. A partir de ahí este empieza su desarrollo introduciéndose en la persona.


Actualmente hay dos tratamientos para esta enfermedad, que está en la lista de las organizaciones como la Fundación Bill y Melinda Gates o Iniciativa para el Desarrollo de Medicamentos para Enfermedades Olvidadas (DNDi), recientemente galardonada con el premio Fronteras del Conocimiento de la Fundación BBVA, tienen en su punto de mira.


Esta última también prevé, para 2015, tener listo su tratamiento. La idea es contar con una batería de fármacos conjuntos para combatir el gusano en todas sus fases, ya que uno de los problemas actuales es que los fármacos actúan solo sobre huevos o individuos jóvenes, pero no sobre los adultos, con lo que la cadena de transmisión no se detiene.


Y esto es muy importante en este caso de las enfermedades parasitarias. Lo normal es que la filaria entre en el organismo de los individuos cuando son niños, y luego ya no tienen por qué salir de él. Las manifestaciones empiezan en la vida adulta, y, de alguna manera, el daño va acumulándose. Por eso hay que conseguir medicaciones que actúen, al menos, de tres maneras: sobre los ejemplares en fase juvenil, los adultos y también de manera preventiva.


En concreto, el candidato de DNDi actúa sobre la fase adulta. La organización explica que con ello no solo se asegura que se rompa la cadena de la procreación del parásito. Al evitar que haya crías o que se actúe sobre ellas se aborda un problema secundario grave de las medicaciones actuales: al matar a los animales en fase juvenil, estos están en los vasos más estrechos y pequeños, los cadáveres se acumulan y pueden aparecer encefalitis o daños renales, por ejemplo.


Parches antipicaduras


La lucha contra las enfermedades transmitidas por insectos (moscas, mosquitos, garrapatas, flebotomos) tiene históricamente dos variantes. Por un lado, la del desarrollo de medicamentos que actúen contra el parásito correspondiente (el plasmodio en el caso de la malaria, la filaria en el caso de la elefantiasis, la leishmania o el tripanosoma de la enfermedad del sueño). Por otro, la lucha contra su agente, el vector.


En este segundo abordaje han sido más los fracasos que los éxitos. Los intentos de secar humedales o usar insecticidas de manera extensiva (por ejemplo, el DDT) han demostrado una eficacia relativa, y, además, causan graves daños medioambientales. Los intentos de forzar la esterilidad de las especies mediante la suelta de ejemplares modificados están solo en fases de ensayos. Solo la aplicación de mosquiteras impregnadas en insecticida para los anofeles que transmiten la malaria (y, en algunas zonas, el flebotomo de la leishmania) han mostrado eficacia.


Ahora, Uganda ensaya un nuevo sistema. Se trata de unos parches impregnados de unas sustancias que, al liberarse, ocultan el olor de los humanos para los insectos, según informa la web especializada en información científica de países en desarrollo SciDev.net. La idea es neutralizar el CO2 emitido por las personas y otras señales olorosas que sirven para que los mosquitos localicen a las personas y, al picarlas, pasarles el parásito.


Los parches se pegan a la ropa, son de un tamaño reducido (el fabricante, Olfactor Laboratories, de EE.UU., ha previsto también la parte estética y los ofrece en varios colores) y su efecto dura dos días. En teoría debe servir para ahuyentar cualquier mosquito, porque todos comparten el sistema de localización mediante el olor, dicen sus responsables.


 


Millones de dosis en donación


dEl fabricante debe asegurar que suministrará el producto a quienes lo necesitan. En este caso, Esai se ha comprometido a donar 2,200 millones de dosis en seis años.

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